El artista no sólo razona la composición, no sólo razona el color, también razona las texturas. La voluntad de textura (que es necesidad de textura) se ha resuelto muchas veces, y se sigue resolviendo, fuera del catálogo de materiales consagrados por la academia. En la textura pueden preponderar los valores que le otorga la materia plástica misma o aquellos derivados del instrumento que se ha utilizado para aplicarla. Un pincel, una espátula, un cepillo, un palo, la yema de los dedos, una bola de estopa o un aerógrafo harán que una misma sustancia alcance texturas diferentes. Pero hay materias cuyo rendimiento textural está íntimamente ligado a una forma de artesanía. Tal es el caso de los estambres que los huicholes usan para sus tablas.

La particularidad manual de una artesanía surge de un sentido de estilo que no es individual sino colectivo. En una escuela de artesanías se puede enseñar a pegar hebras de lana sobre una tabla utilizando cera de Campeche, aunque ni el más aventajado estudiante alcanzará el imponderable del espíritu tribal. ¿Quiere esto significar que la refinada técnica huichol no es accesible al creador individual? El arquitecto y diseñador Eduardo Terrazas descubrió que la única manera como un artista podía razonar, imaginar o crear en técnica huichol es aprovechando la materia y su artesano para una finalidad diferente de la tradicional. Ante la imposibilidad de aprehender lo que es producto de una condición etnológica, Terrazas aceptó que toda posibilidad creadora en ese campo comenzaba en la indivisibilidad entre la sustancia y su diestro. Desde el momento que en el concepto de materia quedaban incluidos la hebra de lana y la mano de obra, la labor creadora podía instalarse en las fronteras de una personalidad individual.

El estilo personal se configuró no sólo a través del diseño sino también en el trazo. La hebra adelgazada al máximo adquirió un carácter gráfico que compite con lápices o finos plumones. Sin perder los valores táctiles y ópticos propios de la lana, ganó calidades rítmicas delicadamente expresivas y sorprendentemente musicales. (El mismo diseño resuelto con lacas automotivas daría un fruto en todo diferente.) Porque esta aventura de Terrazas viene a demostrar una vez más el impositivo atributo de los materiales. Los blancos sobre blancos consagrados por Kazimir Malevich se matizan de sombras variables, fugaces, diminutas, audibles.

Al asimilar conceptos muy precisos de valor y contraste, el repertorio cromático típico de la artesanía huichol queda libre de toda carga pintoresca. El diseño duro, que tantos adeptos ha ganado entre los pintores contemporáneos, encuentra en la actual obra de Terrazas un alcance inédito.

Texto escrito para la exhibición en el Palacio de Bellas Artes.

Ciudad de México, 1972.